La abolición del trabajo y la vanidad de los teóricos laborales

por Jehu

Al castellano: Non Lavoro

https://therealmovement.wordpress.com/2013/12/29/the-abolition-of-labor-and-the-conceit-of-labor-theorists/


En 2012, Platypus sostuvo otra de sus “discusiones” con la izquierda sobre la naturaleza de la crisis actual. Una de esas discusiones contó con Loren Goldner, David Harvey, Andrew Kliman y Paul Mattick. Para Kliman, por supuesto, todo era promocionar su tedioso libro, El fracaso de la producción capitalista, que insiste en que la crisis actual resulta de una caída en la tasa de ganancia. Pero claro, puesto que cada crisis es el resultado de una caída en la tasa de ganancia, el libro de Kliman solo nos dice que esta crisis es como cualquier otra crisis que haya sucedido en la historia del capitalismo — un hecho con el que Kliman parece satisfacerse en discutir. Harvey también pasó su tiempo ventilando su igualmente inútil libro, que nos dice que las crisis nunca se resuelven fundamentalmente, sino que solo se desplazan. Loren Goldner tuvo algunas cosas interesantes que decir respecto a lo que él llama “un proceso general de no-reproducción” — pero tuve que leerlo varias veces para entender cuál era su punto. Creo, pero no estoy seguro, en base a su breve discurso, que se está refiriendo a la expansión del tiempo de trabajo superfluo como una característica importante de la crisis actual — de lo cual más, más adelante.

De cómo la teoría se auto-adula

La joya de la discusión, sin embargo, fue la charla ofrecida por Paul Mattick. Una de las preguntas que hacía Platypus, previo a la discusión, era: “¿Por qué los sofisticados entendimientos izquierdistas del mundo parecen ser incapaces de ayudar en la tarea de cambiarlo?” La respuesta de Mattick da bastante en el clavo: los teóricos no cambian el mundo, la sociedad lo hace:

“Esto no es particularmente misterioso. Cambiar el mundo requiere de la acción colectiva de un gran número de personas “.

Tras propinarle un coscorrón a su audiencia con esta respuesta, Mattick luego despeja su punto:

“Si la revolución proletaria requiriese de una comprensión firme de El Capital de Marx junto con, por ejemplo, una comprensión correcta de la transformación valor-precios por parte de las mencionadas amplias masas, se hace difícil imaginar que esa revolución se pusiese alguna vez en marcha. Afortunadamente, no es así como ocurren los movimientos sociales”.

Mattick tiene razón, pienso. No es como que, en algún momento de los últimos 80 años, hubiésemos podido hacer una revolución, si tan solo alguien hubiera descubierto cómo se convierten los valores en precios. Ninguna sociedad ha hecho una revolución sobre la base de ninguna puta teoría y es más que probable que la revolución proletaria no sea la primera en hacerlo. Por el contrario, si no se ha hecho una revolución social, no es culpa de la teoría, sino de la sociedad misma. Por el hecho de que los últimos 80 años no hayan visto una revolución exitosa en los países avanzados debe culparse solo a la sociedad, no a la izquierda. La izquierda tiene una opinión demasiado elevada de sí misma como para pensar que sus fracasos han impedido “la revolución”.

El argumento de Mattick es mucho mejor que el mío en cuanto a que la izquierda es inmensamente pésima y a que simplemente debiese autoaniquilarse. En el argumento de Mattick, la izquierda no solo es inmensamente pésima, es completamente irrelevante para lo que sea; así que realmente no importa si la izquierda se aniquila o no, porque a la historia no le importa una mierda la izquierda. Pero por otro lado, no estoy tan seguro de estar de acuerdo con Mattick en que la sociedad, una vez comprometida con la transformación social, hará útil la teoría.

Primero, creo que los teóricos, como Marx, pasan su tiempo tratando de mantenerse al día con el proceso de transformación social. Lejos de proporcionarle una guía a la sociedad, la teoría tiene incluso dificultades para mantenerse al día con lo que la sociedad ya ha alcanzado. El capital no es algo estático, como parece argumentar Kliman, donde se nos presentan una y otra vez los mismos ciclos de auge y caída. Es una relación social viva, en constante evolución, cuyas características deben entenderse como un movimiento histórico de la sociedad continuo.

El comunismo no es el objetivo de la sociedad.

Segundo, Mattick parece comprender el término “transformación social” de una manera extremadamente limitada, completamente política. El movimiento total del capital es en sí mismo un proceso continuo de transformación social y ello incluye también a la esfera política. La política no es, como muchos creen, una esfera de actividad externa al proceso de transformación social. El problema para nosotros es que esta transformación social es inconsciente, y que de ninguna manera pretende lo que es su resultado inevitable: el comunismo. Por dar un ejemplo, ningún capitalista tiene que entender lo que Marx escribió en El Capital para ser capitalista y para así entonces emprender la misión histórica del modo de producción: el aumento de las fuerzas productivas de la sociedad. Los capitalistas logran esto sin siquiera comprender el significado de sus acciones.

Como afirma Mattick: “Esto no significa … que el capitalismo sea un sistema desprovisto de agencia humana”. Simplemente significa que los objetivos reales de los individuos no son, en modo alguno, los producidos por el proceso de transformación social en sí. En pocas palabras, la sociedad no se propone crear el comunismo; el comunismo es solo la consecuencia involuntaria de sus objetivos reales. Desde Marx y Engels que los teóricos y agitadores políticos no han querido aceptar el hecho de que los objetivos de los miembros de la sociedad no son el comunismo, sino sus propios objetivos.

El comunismo es simplemente no-trabajo para los trabajadores, pero el tiempo fuera del trabajo no es el objetivo de los trabajadores mismos; más bien, sus objetivos reales están dados por el hecho de que la venta de su fuerza de trabajo es la premisa para acceder a los medios de vida. Su objetivo real es garantizarse el acceso a los medios de vida, no la abolición del trabajo — y de hecho, la abolición del trabajo es una amenaza material para dicho objetivo. En este sentido, la abolición del trabajo solo aparece como un objetivo del capitalista y solo en la medida en que su objetivo es la reducción constante del gasto de trabajo vivo en la producción. Pero incluso en este caso, la abolición del trabajo no es el objetivo real del capital: el capitalista no tiene como objetivo abolir el trabajo sino solo abolir la remuneración por el trabajo — es decir, los salarios.

La lucha entre el capital y el trabajo se reduce a la lucha entre el trabajo que se remunera y el que no se remunera — no a la abolición del trabajo en sí. Y esta lucha avanza, incluso a medida que esta relación, en su conjunto, continuamente disminuye la masa total de trabajo, y la masa total de trabajo que se remunera y que no se remunera, juntas. Si bien la proporción entre el trabajo que no se remunera y el trabajo que se remunera puede cambiar con el tiempo, la suma de ambos en realidad disminuye. Si al comienzo del proceso, de 12 horas de trabajo, 6 horas corresponden a trabajo remunerado y 6 horas a trabajo no remunerado, y si la parte no remunerada se llega a duplicar en relación a la parte remunerada, pronto esto se expresa como 1 hora de trabajo remunerado y 2 horas de trabajo no remunerado. Aunque las horas de trabajo no remunerado son ahora el doble de las horas de trabajo remunerado, la duración total del trabajo ha disminuido de 12 a 3 horas.

Nada en este proceso requiere que la sociedad entienda lo que está haciendo. El trabajo puede ser abolido y el trabajador liberado de la esclavitud salarial sin que esto parezca ser el objetivo del trabajador o del capitalista.