Mono astuto * contra los aceleracionistas

por Jehu

Al castellano: Non Lavoro

[2 partes, ambas aquí]

https://pogoprinciple.wordpress.com/2013/05/08/clever-monkey-versus-the-accelerationists-1/

https://pogoprinciple.wordpress.com/2013/05/09/clever-monkey-versus-the-accelerationists-2/


Primera parte: la gramática del fascismo de izquierda

https://pogoprinciple.wordpress.com/2013/05/08/clever-monkey-versus-the-accelerationists-1/

Dos veces en las últimas semanas me han acusado de estar infectado con una ideología conocida como aceleracionismo. Para ser honesto, no tenía idea de qué era el aceleracionismo y nunca supe de éste hasta esta acusación. Pero acepto el argumento de que la ignorancia de una ideología no es prueba de inocencia — al menos en la medida en que la gente hará la acusación basándose en sus criterios, no en los míos.

Resulta que el aceleracionismo es la idea de que el desarrollo capitalista puede acelerarse y que toda la época llegue a su fin más rápidamente de lo que lo haría si se siguieran medidas diseñadas para ese final. Intrigado por esta idea, pasé unos días tratando de comprender el concepto, analizando las críticas de quienes se oponen a él y pensando en la relación de esta ideología con todo lo remotamente sugerido por la teoría laboral.

Lo que sigue a continuación es mi primera aproximación a la noción de aceleracionismo mediante el argumento de uno de sus críticos más feroces, Benjamin Noys, editor del muro vendible académico, Historical Materialism.

Bring the Noys

Hay dos interesantes exámenes críticos de Ben Noys que creo que son útiles para comprender el aceleracionismo. El primero, una charla titulada The Grammar of Neoliberalism (2010) [“La gramática del neoliberalismo”], que se puede encontrar aquí. El segundo, Emergency Brake (2012) [“Freno de emergencia”], que se puede encontrar aquí.

En su presentación de 2010, Ben Noys se atribuye la responsabilidad de acuñar el término aceleracionismo, una ideología que parece definir en la forma dada por un anarcocapitalista de nombre Nick Land. Land ha sido descrito como un ex anarquista radical de ultraizquierda, que desde entonces se ha convertido en un anarcocapitalista intransigente; de quien hablaré más adelante.

En su charla de 2010, Noys desdeña el aceleracionismo y suena casi molesto porque ha logrado no solo persistir como ideología y ganar aceptación como una crítica considerada seria del capitalismo, sino que además persiste bajo la misma rotulación que él ha empleado para desdeñarla. Noys sostiene que el aceleracionismo de Land es simplemente una forma particularmente virulenta de neoliberalismo. De acuerdo con su actitud desdeñosa hacia el aceleracionismo, Noys nos dice que no hay nada sobre la visión de Land que no hayamos encontrado ya en 80 años de desarrollo neoliberal.

“Para criticar el aceleracionismo, quiero volver a una descripción más precisa del neoliberalismo como una forma de gubernamentalidad …”

El neoliberalismo, argumenta Noys, surgió por primera vez como una ideología distintiva en Alemania, en el período de entreguerras, junto con el surgimiento del fascismo nazi. Con la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, se ubica  en el centro de la política alemana asociado con lo que Noys llama (curiosamente) “anarcocapitalismo estadounidense”. Noys no hace más intentos en este artículo de rastrear la conexión entre el fascismo nazi alemán y la tendencia neoliberal que surgió a su lado. En cambio, apoyándose fuertemente en Foucault, parece contento con explicarnos que el neoliberalismo no es el liberalismo clásico de Adam Smith. Y es aquí donde nos presenta el cuento-mito sin sentido reservado para tales ocasiones:

“Lo que Foucault enfatiza es la novedad del neoliberalismo en comparación con el liberalismo clásico: simplemente poner a Adam Smith en el billete de £ 20 no reclama una fidelidad real, sino simplemente fantástica. Mientras que el liberalismo clásico intentó restringir la interferencia del estado para abrir un espacio para el mercado, bajo el esquema del laissez-faire, el neoliberalismo opera una reorganización del estado mismo que se superpone al mercado. En palabras de Foucault, transitamos a: ‘un estado bajo la supervisión del mercado en lugar de un mercado supervisado por el estado’ ”.

El capitalismo de la época de Adam Smith, en otras palabras, solo buscaba liberar al mercado de la interferencia del estado. El liberalismo clásico, por lo tanto, no tenía la intención de reemplazar al Estado por la lógica de la forma-valor, del dinero y la producción de mercancías. El neoliberalismo, por otro lado, busca colocar al propio Estado bajo la gestión del mercado.

Esta distinción entre liberalismo clásico y neoliberalismo es muy trillada y completa, pero plantea dos preguntas importantes:

  1. ¿Por qué Noys no ve el período desde Adam Smith hasta el surgimiento del neoliberalismo como un proceso continuo en el que “el mercado” emerge en oposición al estado y luego llega a dominarlo?
  2. ¿Qué diablos pasó con ese pequeño momento embarazoso para la humanidad llamado fascismo?

Con respecto a la primera pregunta, me parece interesante que Noys prefiera referirse a la ideología del liberalismo clásico versus el neoliberalismo, e ignorar convenientemente que está hablando del surgimiento y dominio creciente del modo de producción capitalista, que proporciona la única forma inteligible de continuidad entre las dos fases. Entonces, ¿qué mierda pasa con eso, profesor Noys? ¿Se supone que estamos hablando de meras ideologías o del desarrollo de un modo de producción?

Con respecto a la segunda pregunta, está claro que el fascismo nazi del período de entreguerras es el punto de pivote crítico de la historia alemana, sin el cual cualquier examen del neoliberalismo debe estar incompleto. Los marxistas, sin embargo, tienen aversión a cualquier examen serio del fascismo — es un misterio envuelto en una nube de narrativas incoherentes que dicen algo como esto:

Estaba este tipo realmente malo, que, respaldado de diversas formas por capitalistas o campesinos o elementos desclasados ​​o trabajadores “políticamente atrasados”, le hizo un montón de cosas malas a mucha gente. Pero el mundo libre le pateó el trasero. Haciendo del mundo un lugar seguro para la democracia y los ciclos electorales cuatrienales.

 (Este recuento de la historia mundial marxista de entreguerras es presentado por la Fundación Annenberg y por la maravillosa gente de la industria del petróleo y el gas natural. Y por las contribuciones de mis seguidores como usted. Gracias)

Es una parte conveniente de la narrativa de Noys que el período nazi de Alemania sea sucedido por el “anarcocapitalismo estadounidense” y el neoliberalismo alemán. No es sucedido — eso sí — por un estado fascista estadounidense victorioso y sus aliados, que luego dividen a Alemania e instalan un estado títere alemán a ambos lados del “telón de acero”.

¿Y no es conveniente que después de una guerra que enfrenta a la singular forma  de fascismo nazi de Alemania contra la marca singular de fascismo populista de Estados Unidos, y que llevó a la derrota del estado fascista alemán, aparezca en escena, en el momento justo, una ideología que exige la apertura de los mercados alemanes a la penetración del capital estadounidense? ¿Quién podría haber predicho eso, incluso en retrospectiva? Ciertamente no el profesor Noys, aparentemente. Estas son las patrañas de mierda que pasan por materialismo histórico entre los marxistas de hoy — patrañas de mierda históricamente ignorantes, autoindulgentes y autoengañosas. Según Noys:

“Fue la extinción del estado nazi lo que hizo de la Alemania de la posguerra el sitio ideal para volver a fundar el estado en términos económicos, en el que la legitimación se logró a través del crecimiento económico más que en términos políticos. Al mismo tiempo, el neoliberalismo solidifica una ‘fobia al estado’, argumentando que la tendencia a cualquier intervención de una economía, planificación e intervencionismo económico controlados por el estado conducirá al nazismo o al totalitarismo ”.

Piensa en esta afirmación en el contexto de la época: Alemania está siendo ocupada por Estados Unidos y sus aliados. No hay ningún motivo de piedad para el pueblo alemán, tienen la sangre de millones en sus manos y merecen desprecio. Aparte de esto, sin embargo, desde el punto de vista estadounidense, Alemania se está abriendo de par en par a la penetración del capital estadounidense en condiciones de sobreacumulación absoluta.

¿Qué se logra, en esta circunstancia, “argumentando que la tendencia a cualquier intervención de una economía, planificación e intervencionismo económico controlados por el estado conducirá al nazismo o al totalitarismo”? No había posibilidad de que esto sucediera. Aún así, cualquier planificación estatal en esta circunstancia solo puede significar un intento por parte de Alemania de rehabilitar sus industrias como competidor de los EE. UU. Y Alemania no es nada si no es un formidable competidor industrial.

Ahora preguntémonos esto: ¿Querían las potencias ocupantes que Alemania sirviera como competidor o como mercado para su exceso de capital? Esta posibilidad, sin embargo, ni siquiera es reconocida por el puto Noys, que en cambio parlotea una y otra vez sobre las patrañas de mierda de “fobia al estado” de Foucault. Bueno, ¿quién tenía fobia al Estado alemán y su capacidad para planificar y gestionar la economía alemana? Ciertamente no la clase trabajadora de Alemania, que había sido la primera entre todas las clases trabajadoras industriales en experimentar el “pleno empleo” en Europa antes de la guerra.

¿Mercados, no capitalismo?

 “¿Cuál es la naturaleza precisa, entonces, del neoliberalismo?”, pregunta Noys. Para Noys, la respuesta es: “que el neoliberalismo en sí mismo es una forma continua de intervención estatal que busca intervenir en la sociedad para que los mecanismos competitivos puedan jugar un papel regulador en cada momento y en cada punto de la sociedad, con esta intervención su objetivo será posible, es decir, una regulación general de la sociedad por el mercado”.

A pesar del papel agresivo que juega el estado, Noys nos dice que no tiene sentido  identificar al neoliberalismo como otra forma de estatismo, sino que el estado somete a la sociedad a lo económico. Ahora bien, ¿qué sería lo “económico” eso? Los únicos “económicos” que menciona Noys son la competencia y el mercado. Hasta este punto en su artículo de 2010, Noys ni siquiera ha discutido el capital como relación social en sí. La única relación social que conecta al liberalismo clásico con el fascismo y el neoliberalismo, Noys jamás la discute.

¿Cómo diablos pasa esto?

Noys explica: “el estado interviene constantemente para construir la competencia a todos los niveles, de modo que la economía de mercado sea el ‘índice general’ de toda acción gubernamental”, pero Noys nunca explica que esta construcción no está impulsada por la ideología sino que apunta a la producción de plusvalor. Lo que Noys nunca menciona es que el estado mismo actúa como el capitalista social e impone un régimen capitalista a toda la sociedad. Es importante que Noys lo ignore porque, a pesar de su narrativa de que esta es la acción del estado fascista, el problema real identificado por Noys es el mercado. No es que el estado esté funcionando como el capitalista de la sociedad, sino que lo está haciendo imponiendo el mercado a la sociedad.

La imposición de los mercados a la sociedad y el Estado actuando como capitalista son dos fenómenos que en apariencia son inconexos y desconectados. Esto es importante porque Noys debe argumentar, no que el estado está actuando como capitalista, sino que está controlado por ideólogos del mercado. El estado alemán debe explicarse como el resultado de accidentes históricos en los que los ideólogos neoliberales se hallan en el poder tras la derrota de Alemania — en vez que como títeres instalados por los capitales estatales ocupantes que buscan dividirse los mercados alemanes entre ellos.

En lugar de una crítica puramente moral del capitalismo, Noys quiere ofrecernos una crítica puramente ideológica del estado capitalista. El estado es capitalista no porque sea el representante ideal de los intereses del capital sino porque ha sido capturado por los ideólogos. Esta es la verdadera razón por la que Noys desdeña tanto el aceleracionismo — no porque pueda ser desdeñado, sino porque debe desdeñarlo. El aceleracionismo landiano postula un estado que es absolutamente indiferente a AMBAS clases, porque opera directamente como capitalista. Para este estado, los proletarios son simplemente una fuente de plusvalía, mientras que la clase burguesa es completamente superflua. En un pasaje relevante, Noys afirma:

“En una provocativa serie de formulaciones, Foucault sostiene que esta ‘fobia al estado’ impregna el pensamiento moderno …”

Esta “fobia al estado”, dice Noys, se puede encontrar en los escritos de Debord y Marcuse, así como en Sombart. Esta “fobia al estado”, advierte, nos deja “vulnerables” a la ideología neoliberal y estos escritores simplemente se están inclinando ante un viento antiestatalista de larga data. Por supuesto, este viento antiestatalista aparece, primero, no en la Alemania de posguerra, sino en La ideología alemana, como la conciencia comunista del proletariado — la conciencia de una clase de individuos que, para afirmarse como individuos, deben derrocar al Estado.

Esta, por supuesto, es una formulación que Noys no reconocería incluso si alguien dejara caer el puto libro sobre su cabeza. Realmente hay que remarcar lo que el puto Noys está haciendo: la conciencia comunista de la clase trabajadora, que es la conciencia de la necesidad de una revolución fundamental, la abolición del estado y una sociedad fundada en la asociación voluntaria, es aquí redefinida por Noys como una mera ideología burguesa “fóbica al Estado”. Su esfuerzo no vale nada si no es el  más descarado puto intento por redefinir toda una época histórica a favor de un callejón sin salida marxista.

Noys sostiene, siguiendo a Foucault, que solo porque el estado juega el papel activo crítico de organizar la sociedad e imponer la regulación del mercado:

“La gubernamentalidad neoliberal no es keynesiana, y la sociedad contemporánea ‘no está orientada hacia la mercancía y la uniformidad de la mercancía, sino hacia la multiplicidad y diferenciación de empresas’.

Es decir, bajo el dominio del estado fascista estadounidense, a todos los demás estados se les niegan las herramientas de la gestión fascista de sus economías y se les obliga a abrir sus mercados nacionales a la penetración del capital estadounidense. Este es claramente el caso histórico en la Alemania posnazi, donde el estado fue despojado de todas sus capacidades para rehabilitar sus industrias como capital nacional singularmente administrado, pero es el mismo caso donde han surgido políticas neoliberales dentro del mercado mundial.

Nada que ver aquí, muévanse

Habiendo reescrito la historia del neoliberalismo para que se ajuste a su argumento esencialmente fascista de izquierda, Noys pasa a definir el aceleracionismo como una mera variante de la ideología neoliberal. Se queja de haber acuñado el “aceleracionismo” como un término peyorativo, y de que ahora está consternado al ver que “a menudo se ha adoptado de manera valorizadora”.

Noys tiene que, sobre todo, definir el aceleracionismo en la forma proporcionada por Nick Land, un anarcocapitalista. El aceleracionismo, señala, se ajusta estrechamente al neoliberalismo, en primer lugar, porque es fóbico al Estado. En segundo lugar, quiere someter a toda la sociedad a la lógica del mercado. En tercer lugar, quiere tratar a la persona como una empresa. Lo interesante aquí es que la identidad del neoliberalismo y el aceleracionismo se define enteramente en términos del modo de intercambio. En ningún momento Noys toca el modo de producción, dedicando todo su tiempo a la cuestión de si el estado actúa para imponer relaciones de mercado en la sociedad o no.

¿Por qué es esta una característica tan importante de la ideología neoliberal y anarcocapitalista? Yo diría que esto se debe a que la imposición de las relaciones de mercado es ante todo de importancia decisiva para un capitalista de estado que busca liberarse de las relaciones políticas con sus ciudadanos. Esta observación obvia nunca encuentra su camino en el argumento de Noys precisamente porque el estado sigue siendo, en el argumento de Noys, un instrumento sobre el control del cual luchan las dos grandes clases.

Dado que, en la imaginación de Noys, el estado no juega ningún papel en la producción, sino que es sólo un instrumento pasivo manejado por una de las dos clases, la imposición por el estado de las “relaciones de mercado” en el conjunto de la sociedad aparece en su argumento como la imposición de una ideología a través del Estado, y no que el Estado sea en sí mismo el representante ideal del capital. Y dado que, en opinión de Noys, las relaciones de intercambio lo son todo y las relaciones de producción nada, su crítica del aceleracionismo de Land se limita a un argumento de que busca “ir en la dirección opuesta a la regulación socialista; presionando hacia una mercantilización cada vez más desinhibida de los procesos que están destrozando el campo social, ‘aún más’ con ‘el movimiento del mercado’.”

El hecho de que esta creciente mercantilización de las relaciones sociales vaya acompañada de la creciente concentración y centralización del capital bajo la dirección del estado fascista en Washington aparentemente no tiene consecuencias y merece poco o ningún examen. Por lo tanto, tanto en el argumento aceleracionista de Land como en el argumento antiaceleracionista de Noys, la cuestión que nos ocupa es sólo si una creciente “mercantilización”, es decir, la mercantilización de las relaciones sociales, acompaña al desarrollo del capital — la concentración y centralización del capital ni siquiera hace aparición.

El mono astuto aplasta el aceleracionismo

De manera risible, y en una extraña concesión al anarcocapitalismo, Noys nos dice que los mercados tienen la capacidad de recuperación más asombrosa: existían antes del capitalismo y podrían “re-ensamblarse (usando la formulación de Nicole Pepperell) para el socialismo o el comunismo”. Los mercados pueden durar más que el capital. ¡Qué puto mono tan astuto, este chico Noys! Noys, como el propio anarcocapitalismo, puede incluso imaginar mercados sin dinero ni producción de mercancías.

¿Cómo diablos pasa eso, profesor Noys? ¿Es de extrañar que el aceleracionismo landiano atraiga a algunos marxistas cuando incluso los académicos marxistas no se dan cuenta de que no se pueden tener mercados en una sociedad no productora de  mercancías?

Habiendo admitido que los mercados pueden prosperar en una sociedad comunista sin dinero, Noys se propone aplastar a los aceleracionistas sobre esta base. Su crítica es que el aceleracionismo malinterpreta el neoliberalismo como una forma de estado, al capital como una forma social, y quiere reproducir ambos. Entonces tiene el descaro de implicar a Marx en este malentendido:

“El capitalismo se presenta como el aprendiz de brujo que desata fuerzas que no puede controlar, no en la figura del proletariado, sino dentro de sus propias ‘fuerzas productivas’. Una vez que hayamos eliminado este parásito, podemos continuar con el negocio de habitar plenamente el goce capitalista inhumano”.

Si hay que creer en Noys, entonces Marx pensaba que los mercados podrían existir sin dinero y que el comunismo sería como el capitalismo sin los capitalistas.

Por favor, si estás sentado junto a Noys en este momento, dale una bofetada a ese idiota.

El capital, sigue Noys con su sermón:

“Penetra y da forma a la existencia horizontal y verticalmente”; sus “formas de producción, acumulación… son capitalistas de principio a fin”, el aceleracionismo no logra captar “la estasis fundamental del capitalismo; cómo su acumulación no es fundamentalmente “creativa”, sino más bien una deriva “inercial”. El capitalismo se desinfla en un mero tegumento y se infla en su poder creativo “.

No tengo ni una puta idea de lo que Noys quiere decir con estas declaraciones, pero este argumento, por supuesto, no menciona que el argumento aceleracionista de Land no intenta penetrar teóricamente el capital como una relación social — lo afirmó expresamente en una discusión con Ray Brassier. Brassier dice:

“Una vez tuve una conversación con él, que consistió en un desacuerdo en el que insistió en que yo seguía traduciendo lo que él consideraba cuestiones pragmáticas, cuestiones que él llamaba “práctica maquínica”, en cuestiones conceptuales. Me acusó de conservadurismo filosófico al insistir en traducir lo que él consideraba pragmático en teórico”.

Desde el punto de vista del aceleracionismo landiano, la sociedad entera es una sola masa capitalista indiferenciada. Land, por tanto, ya asume que toda la sociedad está penetrada y moldeada por la forma-valor; realmente subsumida por las relaciones capitalistas, y que las fuerzas de producción ya son enteramente capitalistas. En esta concepción todo lo que queda es poner el capital social total del mercado mundial bajo el control de un solo Estado capitalista: los Estados Unidos — es decir, el mercado mundial debe perfeccionarse.

El énfasis, tanto en la crítica de Noys como en el propio aceleracionismo landiano, en la extensión de las relaciones de mercado, es una distracción sin sentido. El modo de intercambio debe seguir necesariamente al modo de producción y estar completamente determinado por el modo de producción. Durante toda la época capitalista, el modo de producción está en guerra con el intercambio, obligándolo a someterse a las necesidades de la autoexpansión del capital. La extensión de las relaciones de mercado en todas partes, la mercantilización desinhibida de las relaciones sociales humanas, es precisamente la forma en que las necesidades del modo de producción aparecen en la mente de los subconsumistas.

Lo importante aquí no son los mercados, sino que todas las barreras a la concentración y centralización del capital deben y serán superadas. Por eso, como observa Noys, la crisis financiera no ha hecho nada para frenar la agenda neoliberal ni frenar el intento de imponer las relaciones mercantiles en todas partes. De hecho, el impulso se ha fortalecido, con llamamientos en todas partes a equilibrar los presupuestos nacionales y reestructurar el trabajo. En la Unión Europea, en particular, vemos intentos de promover la agenda neoliberal en forma de varias propuestas para integrar más estrechamente a los países de la eurozona y establecer un régimen de libre comercio entre América del Norte y Europa. Estos desarrollos aparecen en la narrativa invertida de Noys como una “pobreza de una imaginación teórica incapaz de reconstruir ninguna racionalidad en el presente”, no como el impulso, producido por la sobreacumulación absoluta, hacia una mayor concentración y centralización del capital y, por lo tanto, totalmente explicado por la teoría laboral.

La verdadera pobreza en el artículo de Noys está en su vergonzosamente pobre comprensión de la teoría laboral y en su obsesión con la ideología del neoliberalismo, más que con las relaciones reales de producción.

 


 

Segunda parte: (Nick) Tierra [‘Land’], capital y (TEORÍA DEL) Trabajo

https://pogoprinciple.wordpress.com/2013/05/09/clever-monkey-versus-the-accelerationists-2/

 

El argumento de Clever Monkey contra los aceleracionistas parece descansar en un encantamiento preciso y formulaico, repetido una y otra vez: el único aceleracionismo posible es el aceleracionismo de Nick Land. Por tanto, el aceleracionismo en sí mismo es simplemente una subforma virulenta de la ideología neoliberal que aboga por la mercantilización de todas las relaciones humanas. Es decir, toda conversación sobre aceleracionismo debe llevarnos a abrazar el anarcocapitalismo, el Pensamiento de Murray Rothbard y la buena gente del Instituto Mises.

Pero la opinión de Clever Monkey no es la única opinión que existe. Algunas personas, como Joshua Johnson, parecen sentirse atraídas por la representación virulentamente antihumanista del capitalismo en el aceleracionismo de Nick Land. Y rastrean los orígenes del concepto de aceleracionismo mismo, directamente a Marx:

“El aceleracionismo es la noción de que, en lugar de detener la embestida del capital, es mejor exacerbar sus procesos para sacar a la luz sus contradicciones internas y, por lo tanto, acelerar su destrucción. Como acto radical, la génesis de esta idea se remonta a Marx y continúa a través de la Economía Libidinal de Lyotard, el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, y la cibertecnología de Nick Land. Me centraré en gran medida en la formulación de Land de esta perspectiva, que se encuentra entre las más recientes y cuyas singulares  características antihumanistas me parecen más comprensivas, particularmente porque interrumpen la formulación problemática del tema “.

Esto plantea una pregunta importante a reflexionar: ¿Existe una posibilidad aceleracionista plenamente consistente con la teoría laboral, que no dependa de exacerbar las características más inhumanas del capitalismo? Para responder a esto, podemos mirar una cita de Land empleada por Clever Monkey para desacreditarlo:

“Por tanto, la revolución maquínica debe ir en la dirección opuesta a la regulación socialista; presionando hacia una mercantilización cada vez más desinhibida de los procesos que están destruyendo el campo social, ‘aún más’ con ‘el movimiento del mercado, de la decodificación y desterritorialización’ y ‘nunca se puede ir lo suficientemente lejos en la dirección de la desterritorialización: ‘no has visto nada todavía’ “

Este argumento me sugiere que Land, como Clever Monkey, tiene poca o ninguna familiaridad con la teoría laboral. Encontré el blog de Nick Land y confirmé mi intuición. Una publicación del 25 de abril dice esto:

“John Gray reseña Karl Marx: Una vida del siglo XIX de Jonathan Sperber, y descubre un ‘Marx temprano’ desconocido (que anticipa a Augusto Pinochet):

Escribiendo en la Gaceta Renana en 1842, en su primer artículo después de asumir el cargo de editor, Marx lanzó una aguda polémica contra el principal periódico de Alemania, el Augsburg Allgemeine Zeitung, por publicar artículos que abogaban por el comunismo. No basó su ataque en ningún argumento sobre la impracticabilidad del comunismo: fue la idea misma lo que atacó. Lamentando que “nuestras ciudades comerciales, una vez florecientes, ya no están floreciendo”, declaró que la difusión de las ideas comunistas “derrotaría nuestra inteligencia, conquistaría nuestros sentimientos”, un proceso insidioso sin remedio obvio. En contraste, cualquier intento de realizar el comunismo podría ser fácilmente interrumpido por la fuerza de las armas: “los intentos prácticos [de introducir el comunismo], incluso los intentos en masa, pueden responderse con cañones”.

Quizás aún más desconcertante es que, seis meses después de escribir el Manifiesto Comunista: “En un discurso ante la Sociedad Democrática de Colonia, en agosto de 1848, Marx rechazó la dictadura revolucionaria de una sola clase como ‘una tontería’ …”

Y en un último espasmo de cordura: “más de veinte años después, con el estallido de la guerra franco-prusiana, Marx también descartó cualquier noción de una Comuna de París como ‘una tontería’”.

Tan pronto como descubran que la entrada de su diario descarta la Teoría  laboral del valor como una tontería, volveré al marxismo de derecha con una venganza”.

Nada en esta información sobre Marx es nueva ni escandalosa en lo más mínimo, excepto, aparentemente, para Land. Lo que sí muestra, sin embargo, es el rechazo de Land, y su probable desconocimiento, de la teoría laboral. Claramente, si Land estuviera familiarizado con la teoría laboral, sabría que no hay marxismo sin ella — una vez eliminada, somos todos keynesianos/neoliberales fascistas.

Además, en enero de este año, Land predijo un colapso para 2025 que se produciría cuando “se acabe el dinero, en el que tendremos una crisis hiperinflacionaria y volveremos a alguna otra forma de dinero, como el patrón oro”. El dinero se acaba porque, “cualquier autoridad gubernamental puede gastar dinero en cualquier cosa a menos que haya una oposición casi unánime a que gasten dinero”.

Me parece interesante que Land emplee la fórmula, “Eventualmente el dinero se acaba …” . Eso hace mucho más para explicar su visión básica del mundo vis a vis la teoría laboral. Esencialmente, Land, como Clever Monkey, piensa que el factor determinante en una economía capitalista son las relaciones de intercambio, no las relaciones de producción. Esto lo coloca efectivamente en la misma cama con los subconsumistas y parece simplemente ser un subconsumista perversamente vuelto del revés.

Si crees que el intercambio es el factor determinante en el modo de producción, la conclusión lógica es que el modo de producción puede “acelerarse” simplemente mediante la extensión más rápida de las relaciones de intercambio. Los principales críticos de Land parecen estar de acuerdo en que este es el principal defecto del aceleracionismo landiano —  su énfasis absoluto en la expansión del mercado mundial y la mercantilización de todas las relaciones humanas.

Confusión de causa y efecto

Primero, está claro que Land, como Clever Monkey, invierte el proceso real aquí, ya que básicamente está de acuerdo con Clever Monkey en que el modo de intercambio determina al modo de producción. Pero este no es el caso en absoluto: el modo de producción determina al intercambio y el modo mismo conduce a la concentración y centralización del capital. La mercantilización desinhibida, el movimiento del mercado, la desterritorialización, son todos procesos desencadenados por el mismo proceso que conduce a la concentración y centralización del capital: a saber, la creciente composición orgánica del capital y la tendencia a la caída de la tasa de ganancia.

La caída en la tasa de ganancia es la condición crítica que conduce tanto a la concentración y centralización como a la constante expansión exterior del capital hacia las regiones menos desarrolladas del mercado mundial. Argumentaré que es posible forzar el aumento de la composición orgánica del capital sin terminar de ninguna manera en la cama con los fascistas y neoliberales. Y esta estrategia sería completamente consistente con la teoría laboral.

El primer paso es argumentar que la mercantilización desinhibida no es más que la otra cara de la concentración y centralización del capital. El segundo paso sería vincular la concentración y centralización del capital (mercantilización desinhibida de las relaciones humanas) con la creciente composición orgánica del capital. El último paso sería mostrar que hay una forma de forzar el aumento de la composición orgánica del capital que sea totalmente compatible con los objetivos comunistas.

Land está confundiendo las relaciones mercantiles con el capital — esto, superficialmente, parece justificado, ya que el capital necesita mercados. Pero el objetivo del capital no es solo la compra y venta de mercancías, ni siquiera la producción de mercancías, sino la producción de plusvalía, que requiere no solo mercados, sino la expansión constante del mercado mundial. La acumulación de capital está siempre y en todas partes asociada con la extensión del mercado mundial — por lo que es fácil aquí confundirlas.

Los economistas burgueses, y algunos marxistas, asumen que la extensión del mercado mundial es la causa, no el resultado del desarrollo del modo de producción. En particular, los burgueses y los marxistas consideran que la imposición de las relaciones mercantiles es idéntica con la expansión de las relaciones capitalistas. En gran parte de la bibliografía popular, si la Acrópolis es  ‘privatizada’, por ejemplo, o si las pensiones se convierten en planes 401(k), o si la educación se financia con vouchers, de repente la sociedad se ha vuelto más capitalista porque más cosas tienen precios. Esto, de hecho, no es cierto en lo más mínimo.

El capital es la producción de plusvalía, no es que las cosas que no tenían precio ahora tengan precio o se privaticen. Privatizar la Acrópolis no hace absolutamente nada para convertirla en capital, simplemente la convierte en propiedad privada. Para convertirse en capital, la Acrópolis debe absorber trabajo vivo y producir plusvalía a través de esta absorción. El estado, como propietario de la Acrópolis, puede producir plusvalía con ella con la misma facilidad que un capitalista privado. La Unión Soviética, por ejemplo, no tenía ninguna propiedad privada, pero a pesar de ello producía plusvalía. Vender la fábrica de calzado número 10 en Anzhero-Sudzhensk no la convertiría en capital, porque ya era capital cuando era de propiedad estatal. Así que la idea landiana de que el capital puede acelerarse simplemente mercantilizando todo no es ante todo “inhumana”, sino errónea.

Puesto que Nick Land rechaza la teoría laboral, es poco probable que se le ocurra una idea de cómo acelerar el capitalismo. Además, el noventa y nueve por ciento de la reacción marxista negativa a sus ideas proviene del completo malentendido que los marxistas tienen de la teoría laboral. Si se hubieran molestado siquiera en evaluar las ideas de Land en términos de la teoría laboral, sería obvio que sus ideas no tenían ningún mérito y podrían ser ignoradas con seguridad.

Este es el fracaso tanto de Ray Brassier como del Clever Monkey, Benjamin Noys, en sus críticas a Land: nunca señalan el defecto teórico obvio de su argumento. Brassier dedica su tiempo a involucrar a Land en un debate filosófico sin sentido; y Clever Monkey pasa su tiempo tratando de demostrar que Land es un neoliberal. De verdad, ¿a quién le importa que Land sea filosóficamente inconsistente o que esté de acuerdo con Obama y Merkel? La pregunta que plantea el argumento de Land es si es posible acelerar el capitalismo de la manera que él propone: con la mercantilización desinhibida de las relaciones humanas.

La respuesta, como se está enterando la eurozona a pesar de todos sus esfuerzos de privatización, es no. Esto en realidad no es un debate, ya que, si Clever Monkey está en lo cierto, los neoliberales de la eurozona están poniendo en práctica la idea de Land en este momento.

¿Acelerando hacia el Abismo?

La pregunta restante que plantea el argumento de Land, es si existe otra ruta realista para acelerar la desaparición del capitalismo. Es decir, otra ruta que no dependa del llamado sujeto revolucionario, que no se halla por ningún lado. La única forma de determinar esto es mirar la teoría real de la crisis capitalista para descubrir alguna palanca oculta que intensifique la crisis. Puesto que la teoría laboral es la única teoría que conozco que prediga el colapso del capitalismo, es probable que sea la única que proporcione una respuesta.

Pero esto no es todo lo que tenemos que resolver: también tenemos que responder a la pregunta: ¿Acelerar hacia qué? ¿Cuál es el punto final esperado? ¿Hacia qué resultado final llegaría el capital si se acelerara? Esto no está del todo claro en la bibliografía marxista, pues los marxistas casi abrumadoramente asumen que el comunismo no es un resultado dado de la época burguesa.

El comunismo, en la típica narrativa de estilo marxista, es el resultado de un evento político que interrumpe el desarrollo capitalista, en lugar de completarlo. El supuesto en esta narrativa es que a menos que se interrumpa el capitalismo, continuará atravesando crisis indefinidamente. En el mejor de los casos, el bucle terminará con el catastrófico colapso de la civilización misma. La aceleración en este estilo de narrativa solo aceleraría el colapso de la civilización. ¿Quién diablos quiere eso? Digo, ¿en serio? ¿Quién quiere una repetición del holocausto a escala global?

Así que este es el problema: supongamos que el capital pasa interminablemente por un bucle de crisis hasta que es interrumpido por una revolución o una catástrofe. No tiene sentido acelerar este bucle indefinido ya que hay al menos un cincuenta por ciento de posibilidades de que conduzca a una catástrofe global. Este es el primer argumento contra el aceleracionismo: probablemente solo esté acelerando una catástrofe inminente.

La única oportunidad para evitar esta catástrofe es la revolución, ¿verdad? La revolución actúa, como dijo Noys en un artículo el año pasado, como un freno de emergencia en una locomotora fuera de control:

“La conclusión es que el freno de emergencia no es simplemente una detención por el simple hecho de hacerlo, una detención estática en un punto particular de la historia capitalista (por ejemplo, la socialdemocracia sueca, que la derecha republicana estadounidense toma ahora como el verdadero horror del ‘socialismo’). Tampoco es un regreso a algún momento precapitalista utópico, que fallaría a los anatemas de Marx y Engels contra el “socialismo feudal”. Más bien, Benjamin sostiene que: “La sociedad sin clases no es el objetivo final del progreso histórico, sino que con frecuencia es abortado y finalmente [endlich] logra la interrupción”. (Benjamin 2003: 402) Interrumpimos para evitar catástrofes, destruimos las vías para evitar la destrucción mayor de la aceleración.

En este sentido, el freno de emergencia es el operador de la política no teleológica de la temporalidad de Benjamin basada en el arrebatamiento a la sociedad sin clases de la continua dialéctica de producción/destrucción que es el constante ‘estado de emergencia’ (Benjamin 2003: 392).”

En el argumento de Clever Monkey, si no se activa el freno, el desastre es inevitable. La revolución interrumpe la precipitada caída de la humanidad en el abismo.

Sin embargo, el problema con este argumento es que para activar el freno de emergencia, según señala la mayoría de las explicaciones marxistas de la teoría laboral, se requiere una revolución política. Y esta revolución se produce cuando las condiciones de la clase obrera se deterioran tanto que se enfrentan a la elección entre: revolución o hambre. Este no es mi argumento, sino el argumento de la corriente principal del marxismo, que durante mucho tiempo ha propuesto una crisis de un impacto tan profundo que la clase trabajadora despierta ante su requerimiento  histórico de tomar el poder y administrar la sociedad en su propio nombre. Como, por ejemplo, lo describe Bertell Ollman:

“A pesar de estas explicaciones diversas (o, quizás, debido a ellas), la mayoría de los socialistas desde Marx en adelante se han aproximado a cada crisis del capitalismo con la certeza de que esta vez el proletariado se volverá consciente de clase”.

Olvidémonos, por un momento, de si esto está realmente sucediendo: este es el escenario marxista dominante. Aparece Nick Land que dice: “Hazlo, hazlos morir de hambre hasta que se rebelen”. Ese es el aceleracionismo de Land y nada de lo que pueda decir nuestro mono astuto, Ben Noys, lo cambiará, así es como Noys también ve las cosas. Por eso considera que la revolución es un freno de emergencia, y por eso está tan horrorizado con las ideas de Nick Land. En pocas palabras, Nick Land pone a Ben Noys en entredicho y le levanta 100 millones de cuerpos.

¿Aterrizaje suave? [Soft ‘Land’ing?]

Nuestro mono astuto está tratando de huir de Nick Land, porque en secreto cree que Land tiene razón. Todos estos marxistas hijos de puta piensan que Land tiene razón: debemos detener el colapso de la civilización, pero antes hay que incitar a la clase trabajadora a hacerlo mediante un creciente deterioro de sus condiciones de existencia. Y ninguno de estos cobardes quiere ser el que le dé la mala noticia a la trabajadora que acaba de terminar su tercer trabajo.

Esta es la hipocresía básica de los críticos de Nick Land: todos temen secretamente que tenga razón, pero ninguno lo admitirá. Todos rodean el tema, empleando metáforas de locomotoras fuera de control, pero esto es realmente lo que quieren decir. A menos que las condiciones de la clase trabajadora se deterioren lo suficiente como para llevarla a la acción, estos imbéciles piensan que la civilización colapsará.

Ésta es una conclusión bastante simple que se puede extraer del hecho de que los marxistas no tienen otro mecanismo realista para una revolución política. La revolución es política y está impulsada por el sufrimiento de la clase trabajadora, que se rebela contra este sufrimiento. Cuando Joshua Johnson afirma que el aceleracionismo interrumpe “la formulación problemática del tema”, se refiere precisamente a esto.

El aceleracionismo saca a la superficie un profundo defecto en la concepción misma de revolución en el marxismo. El defecto, incluso si no se expresa de manera tan repugnante como lo hace Land, todavía tiene a los marxistas mirando las crisis como la oportunidad para la revolución, aunque la esperanza se desvanece con cada nuevo ciclo económico. Casi se sienten seducidos a esperar que las condiciones de la clase trabajadora se deterioren lo suficiente como para ponerla en acción. Este tipo de “landianismo blando” está moralmente en bancarrota y es intolerable.

Por otro lado, cuando una situación de deterioro todavía no mueve a la clase, como en la actualidad en la eurozona, o la mueve aún más hacia los brazos del enemigo, esto causa una absoluta desesperación entre los marxistas y otros comunistas. Este pesimismo se expresa tanto en la praxis marxista — en la espera pasiva de ‘la grande’, a la que llaman ‘el acontecimiento’ — como en la búsqueda de un sustituto de la clase en el papel de “sujeto revolucionario”.

Una de las razones más importantes por las que los marxistas no pueden pillar el sentido del fascismo es que toda su teoría los llevó a creer que una crisis como la Gran Depresión llevaría a la clase trabajadora a tomar el poder, pero en cambio votaron por los fascistas. Resulta que los trabajadores no son diferentes a los demás, después de un desastre quieren reensamblar la vida que tenían antes: una vida en la que, desafortunadamente, eran esclavos asalariados. No están buscando estar en medio de la peor depresión de la que se tenga recuerdo para comenzar a revolucionar la sociedad.

Lo que horroriza a los marxistas es que Land aboga simplemente por una versión menos circunspecta de esta estrategia y en realidad no propone nada nuevo. Sin embargo, el landianismo blando de los marxistas y la izquierda está completamente infectado por los mismos defectos que se pueden encontrar en la abierta ideología de Land.

Uno, si por Land; Dos, si por Teoría Laboral

Para comprender el defecto del argumento de Land, es fundamental darse cuenta de que invierte la relación real entre el modo de producción y el modo de intercambio. Land propone que el modo de producción puede acelerarse hacia su desaparición imponiendo la mercantilización desinhibida en todos los aspectos de las relaciones sociales. Y en realidad, ocurre lo contrario: el modo de producción se acelera al obligar al capital a ser cada vez más productivo, al forzar la composición orgánica del capital en constante aumento.

Es la creciente composición orgánica del capital lo que conduce tanto a una mayor concentración como a una centralización del capital y lo que obliga al capital a expandirse constantemente más allá del campo de producción existente, es decir, a expandir constantemente el mercado mundial. Una composición orgánica creciente del capital, en otras palabras, conduce a una “mercantilización desinhibida”. Dicho de manera simple, la mercantilización desinhibida no es, como el mono astuto, Ben Noys, querría que creamos, la causa, sino el efecto del desarrollo capitalista. La producción de plusvalía requiere la extensión constante del mercado mundial y la mercantilización de todas las relaciones humanas.

En este sentido, lo que tienen en común los marxistas, el aceleracionismo landiano y el neoliberalismo es que tratan el síntoma como la enfermedad. Esto no es nada inusual; en medicina, cuando los médicos no pueden diagnosticar adecuadamente una enfermedad, o no tienen una cura para ella, muy a menudo intentarán controlar los síntomas producidos por la enfermedad. Esto es precisamente lo que está haciendo la crítica marxista del aceleracionismo y el neoliberalismo landianos: tratar de manejar los síntomas del capitalismo.

Cabe señalar a este respecto que la teoría laboral sostiene que este proceso es “algo sobre lo que ellos [el proletariado], como individuos separados, no tienen control, y sobre lo cual ninguna organización social puede darles control” (La ideología alemana). Es decir, el control sobre este proceso no se puede lograr tomando el control de ningún estado o grupo de estados. Precisamente por eso, una vez que el estado fascista toma el control del capital nacional total, esto inmediatamente da lugar a una tendencia hacia el surgimiento de la ideología neoliberal de los “libre mercados”. El estado emerge como la culminación de una fase del desarrollo histórico de una gestión socializada cada vez más sofisticada, pero pronto se convierte, a su vez, en un obstáculo para el desarrollo ulterior del capital.

Lo gracioso de esto es que no tuve que llegar a esta conclusión mediante un estudio exhaustivo del modo de producción por mi cuenta. Engels lo hizo en 1880, mucho antes de que surgiera la tendencia:

“Cuanto más procede [el Estado] a apoderarse de las fuerzas productivas, más se convierte realmente en el capitalista nacional, más ciudadanos explota. Los trabajadores siguen siendo asalariados, proletarios. La relación capitalista no se acaba. Es, más bien, llevada a un punto crítico. Pero, llevada a un punto crítico, se derrumba”. (Del socialismo utópico al socialismo científico)

Una vez que el estado se hace cargo de la gestión del modo de producción — el fascismo — sella el destino de lo que ese mono astuto, Ben Noys, llama “gubernamentalidad”. Por el mismo acto de tomar el control de la gestión del capital nacional, el estado fascista queda sujeto a la ley del valor, como sería el caso de cualquier otra forma de capital. La expresión ideológica de este proceso puede ser el neoliberalismo, pero el neoliberalismo no es el proceso en sí mismo. Es sólo cómo aparece el proceso en la conciencia tanto de los apologistas burgueses como de los profesores marxistas pelotudos de mierda.

El aceleracionismo como revolución política

La pregunta que tenemos que abordar es la siguiente: ¿a dónde conduce esta composición orgánica del capital creciente que produce tanto la concentración como la centralización del capital y la mercantilización desinhibida? ¿Y se puede acelerar esta creciente composición orgánica?

Si la respuesta a la primera pregunta es: “conduce a un colapso catastrófico de la civilización”, entonces, obviamente, deberíamos evitarla. El argumento marxista dominante solía ser que conduce al deterioro de la clase trabajadora, a su creciente indigencia y, finalmente, a su revuelta política contra la clase dominante capitalista. En este argumento, la revolución actúa, como dice Ben Noys, como una especie de “freno de emergencia” que detiene el proceso antes de que ocurra el desastre.

Yo creo que todo este argumento es erróneo. Históricamente, vimos justamente esto en la Gran Depresión, con todas sus horribles consecuencias. No creo que podamos arriesgarnos a que se repita, incluso si fuera la única ruta posible hacia el comunismo. Sugeriría, en cambio, que la creciente composición orgánica del capital tiene que conducir al comunismo, sin ninguna otra causa. Esto se debe a que el único producto real del modo de producción capitalista no son los mercados y la mercantilización desinhibida, sino el productor directamente social.  La producción social directa es la precondición material del comunismo, y en ella están implícitas todas las características necesarias de una sociedad comunista: la cooperación, la asociación, y el fin de la ley del valor.

Una revolución política, en este argumento, debe situarse dentro de esta tendencia general, como un intento del marxismo clásico de “acelerar” la transición al comunismo, no como su única vía. La idea de una revolución política fue un intento noble, pero finalmente fallido, de acelerar precisamente la lógica interna del propio capital.

Esta es, en mi opinión, la única forma de interpretar el programa de diez puntos propuesto en el Manifiesto Comunista. Este sugiere que Marx y Engels creían que el resultado final del desarrollo del capitalismo era el comunismo, y que este proceso podría acelerarse con medidas tomadas precisamente con ese fin. Con base en esta suposición, Marx y Engels sostienen en el Manifiesto Comunista que:

“El proletariado utilizará su supremacía política para arrebatar, gradualmente, todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante; y aumentar las fuerzas productivas totales lo más rápidamente posible”.

El punto aquí es que la revolución política no se emprende para salir del proceso de desarrollo social iniciado por el capital, como propone regresivamente nuestro mono astuto — la transición de la producción y el intercambio individuales a la producción directamente social — sino para eliminar las que Marx explicaría más tarde (en el volumen 3 de El Capital) que eran las barreras para este desarrollo social,  puestas en el camino por el propio capital:

“La depreciación periódica del capital ya existente — uno de los medios inmanentes en la producción capitalista para frenar la caída de la tasa de ganancia y acelerar la acumulación de valor de capital mediante la formación de nuevo capital — perturba las condiciones dadas, dentro de las cuales tiene lugar el proceso de circulación y reproducción del capital y, por tanto, va acompañada por paralizaciones repentinas y crisis del proceso de producción.

La disminución relativa del capital variable con respecto al capital constante, que va de la mano con el desarrollo de las fuerzas productivas, estimula el crecimiento de la población trabajadora, mientras crea permanentemente una sobrepoblación artificial. La acumulación de capital, considerada en términos del valor, resulta enlentecida por la caída de la tasa de ganancia, para acelerar aún más la acumulación de valores de uso, mientras que esto, a su vez, agrega un nuevo impulso a la acumulación en términos de valor.

La producción capitalista tiende continuamente a superar estas barreras que le son inmanentes, pero las supera sólo por medios que vuelven a colocar ante ella estas barreras y en una escala aún más formidable.

La verdadera barrera de la producción capitalista es el capital mismo. Es que el capital y su autoexpansión aparecen como punto de partida y de cierre, como motivo y finalidad de la producción; que la producción es solo producción para el capital y no al revés, los medios de producción no son meros medios para una expansión constante del proceso vivo de la sociedad de productores. Los límites dentro de los cuales puede moverse la preservación y autoexpansión del valor del capital, que descansan sobre la expropiación y pauperización de la gran masa de productores, son los únicos límites que entran constantemente en contradicción con los métodos de producción empleados por el capital para sus fines, y que apuntan hacia la extensión ilimitada de la producción, hacia la producción como fin en sí mismo, hacia el desarrollo incondicional de la productividad social del trabajo. Los medios, el desarrollo incondicional de las fuerzas productivas de la sociedad, entran continuamente en conflicto con el propósito limitado, el de la autoexpansión del capital existente. El modo de producción capitalista es, por esta razón, un medio histórico para desarrollar las fuerzas materiales de producción y para crear el mercado mundial apropiado y es, al mismo tiempo, la constante contradicción entre esta su misión histórica y sus propias relaciones de producción social correspondientes”.

El objetivo de un programa comunista, como lo delineó Marx, era precisamente hacer todo lo que el capital ya estaba haciendo con miras a acelerar el proceso,  eliminando las barreras al desarrollo de la productividad del trabajo puestas en el camino por el propio capital. No se pretendía interrumpirlo, como argumenta Ben Noys, el mono astuto. Noys se equivoca sobre los mercados y el comunismo; se equivoca al decir que el comunismo es, en opinión de Marx, como el capitalismo sin los capitalistas; y se equivoca sobre el concepto de aceleración del capitalismo en sí.

Horas de trabajo y composición orgánica del capital

La posibilidad de un aceleracionismo enteramente comunista ya está dada por la teoría laboral en la concepción misma del capital como producción de plusvalía — siendo la autoexpansión del capital el motivo del capital y su única preocupación. Una de las observaciones empíricas más importantes que hace Marx en El Capital es que una vez que la sociedad impuso límites a las horas de trabajo en Inglaterra, se aceleró la introducción de maquinaria y el empleo intensivo de la fuerza de trabajo. La limitación de las horas de trabajo, por tanto, tiene el efecto de forzar un aumento de la composición orgánica del capital. Tal aumento no podría sino acelerar una caída en la tasa de ganancia, que a su vez conduce tanto a la concentración como a la centralización del capital y a una expansión acelerada en el mercado mundial.

Como explica Marx en el volumen 1 de El capital, este enfoque resuelto en la autoexpansión lleva a que cualquier intento de limitar las horas de trabajo tiene el efecto paradójico de impulsar al capital a que aumente aún más la productividad del trabajo:

“No cabe la menor duda de que la tendencia que impulsa al capital, tan pronto como se prohíbe definitivamente una prolongación de las horas de trabajo, a compensarse mediante un aumento sistemático de la intensidad del trabajo, y a convertir toda mejora en la maquinaria en un medio más perfecto de agotar al trabajador, pronto debe conducir a un estado de cosas en el que una reducción de las horas de trabajo será nuevamente inevitable. Por otro lado, el rápido avance de la industria inglesa entre 1848 y la actualidad, bajo el influjo de una jornada de 10 horas, supera el avance realizado entre 1833 y 1847, cuando la jornada tenía 12 horas de duración, por mucho más de lo que ésta última jornada supera al avance realizado durante el medio siglo posterior a la primera implantación del sistema fabril, cuando la jornada laboral no tenía límites”.

Una vez que la sociedad comienza a limitar la extensión desinhibida de las horas de trabajo, la tendencia inherente del capital es a tratar de compensar esta reducción aumentando la explotación intensiva del trabajo por cualquier variedad de medios, pero lo más importante, aumentando aún más la composición orgánica del capital. El resultado es que, a pesar de los límites impuestos a las horas de trabajo, la capacidad real de producción del trabajo aumenta.

La conclusión tiene que ser que la reducción de horas de trabajo no sólo tiene el efecto de liberar al proletariado del impacto destructivo de la forma-valor, sino que acelera el deceso del capital. La demanda de una reducción de horas de trabajo, por tanto, completa la conexión entre la crítica de la forma-valor y la elaboración de un programa comunista práctico.

 


* [N. del T.] “Clever Monkey” [“mono astuto”] es el apodo que le da el autor a Benjamin Noys. Según urbandictionary.com, se refiere a “Una persona que reconoce, acepta, y le es requerido realizar una tarea simple, directa y táctica, pero insiste en pensarla demasiado, complicarla, e innecesariamente sobre-analizarla dejándola finalmente 1) incompleta y/o 2) burdamente incorrecta, causando mucha consternación, y en manos de otros colegas que la completen correctamente”